Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

domingo, 9 de agosto de 2015

Para que se vuelva aire en el aire sabido.

El tiempo se repliega entre las raudas
secuencias del pasado
y allí irrumpe la vida
(al menos ciertos tramos
ingobernables de la vida),
su cada vez más irredenta
fugacidad.
C.B.



Siempre existen motivos por los que reconocerse
jugador en todas las apuestas.
Uno desenvuelve la memoria,
descompone los bolsillos,
y encuentra
oraciones a medio clasificar,
ejercicios para el fin de semana,
“el lunes nos vemos,
divertíos”.
Ahora, que te llaman de usted,
que portas maletín y usas el lápiz rojo,
siempre al amparo de unas gafas
de miope.
Ya ves, ahora que te sorprendes mirando
ecografías,
que te informas sobre las horas más violentas
de sol,
que piensas en los que vendrán
como se piensa en tus latidos.
Hay maneras de evitar la inmensidad:
oírse a uno mismo por dentro 
es solo una de tantas.
[Eisenheim.]

domingo, 17 de mayo de 2015

Lo malo del olvido es lo que olvida.

Lo malo es que se olvida y un puñado
de tiempo se nos marcha hacia la nada
Lo peor del olvido es el que en cada
cosa que fue vivimos de prestado

Ángel García López

Hablo de la memoria como eso
que siempre se
destruye,
partícula ajena que se descompone
en las arterias de las
neuronas.
Trato la memoria como aquello
que nunca se
reproduce, como ese
 ente cuyo
único
sentido es erizar
la piel del individuo.
Descompongo la memoria en
trazos finos,
en desastres que giran en bucle,
formando la vorágine del
maldito
silencio.
No.
La memoria es aquello
que se hereda,
aquello que se piensa
con los pies emplomados,
ese pájaro que
nunca
podrás recordar
con las malditas
alas
recogidas.
[Eisenheim.]

sábado, 14 de marzo de 2015

Vuela, cobarde.


Pero no tan lejos
como para ver el futuro.
Ahorradle este don, poderes celestiales. 
Wislawa Szymborska

Descompuso sus ojos color miel; 
trazó
un horizonte que no
encontró más que
pedazos de una memoria 
destartalada 
en los confines de la consciencia.
Olvidó su nombre, sus cicatrices, incluso
sus venas sabor dulce
que nunca confundieron otros abrazos 
con los míos.
Me miró, como quien se sabe
a punto de entrar en la
trastienda
de lo acontecido,
y sonrió, ingenuo,
como si solo hubiese
sido 
un número aislado 
en una guía
de milenios.
[Eisenheim.]