Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

lunes, 30 de abril de 2012

Rasgando el cielo de pena sin gloria.

Y la pena nos corroe las entrañas. La elección de una vida, la elección de una manera de vivir. Asómate, y canta a los que no pueden reír. Y volvemos a empezar, estamos delirando, tenemos sed de sudar fuera, en la calle. Y la culpabilidad se adhiere a la espalda, mientras intentamos desnudarnos de mentiras frente a estos ojos ciegos, azules como las gaviotas que se tiñen de locura volátil. Y sentimos pena por todos ellos que no son capaces de elegir sus vidas, y lloramos por los niños que se mueren de hambre lejos de aquí. Pero ellos sí saben qué es vivir. La importancia de vivir, y de elegir qué hacer, a qué dedicar nuestro tiempo libre, en qué empresa invertir las acciones que nos ha tocado jugar. Y no consigo rimar la razón, y me está sacando de quicio este extraño pensamiento de pena que se está apoderando de nosotros. Qué manía de atribuir a los rosales el gemido de morir. Y la fe de superioridad vuelve a insistir, pero a nosotros se nos invierte el corazón. Súbitamente, pena de nosotros mismos. Pena de no saber, pena de no sentir. Allá mueren por sentir demasiado, y acá sentimos tan poco. Y ahora dime tú quién muere ahogándose, y quién se ahoga mientras vive.
[Eisenheim.]

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