Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Cuando desperté, el miedo ya se había ido.


 
Y ahora todo me parece difuso,
las ganas de llorar,
las mentiras piadosas mientras me reventaban por dentro las arterias,
vomitando sangre de primera mano, metiendo cuarta y acelerando.
Dije que iba a ser permanente,  pero no tuve razón,
porque el miedo sí se va, a veces.
En cada golpe de risa,
en cada sonrisa líquida.

Aunque a veces vuelva.

Y así, traduciéndose en una espiral
-si es que las espirales pueden traducirse,
y cambiar de idioma como de estación la primavera-,
volví a respirar,
 lento,
con comas alargadas
,
así,
 entre la angustia del insomnio de aquellas noches,
y la necesidad de escapar gracias a palabras de poetas muertos,
siempre carentes de sentido.

Conseguí escapar,
y el miedo inundó aquel salón que vio cambiar mi vida;
Aquel salón alquilado, de segunda mano, extraño.
Las paredes que oyeron lo que me hizo perder la pincelada de infancia que todavía reía,
esa que me había guardado años atrás en un bote pequeño,
para que nadie nunca me la pudiera quitar.

Apretada siempre contra el pecho.

Y la tuve que soltar, definitivamente,
aceptar que las venas no podían reír, al menos de momento.

Al fin y al cabo, aquello solo era un piso alquilado,
el miedo no pagó el alquiler,
y lo eché. Para siempre.
O al menos por un tiempo.
[Eisenheim.]

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