Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

domingo, 9 de febrero de 2014

Capicúa.

El reloj sigue dando las campanadas. El eterno reloj. Mientras, las manos de Machado, la sonrisa de un abuelo. El traqueteo de un metro que para en Legazpi. La inconformidad del ser, y de todo aquello que recordamos.
El reloj sigue sonando, quizás más bajo. Qué decir, cuando sesenta y seis años nos separan. No suelo cumplir años, los descuento de su sonrisa. Y las dos cumplimos ciento once años, exactamente el tiempo que llevamos caminando, siempre en la misma dirección. Siempre en el mismo sentido de las agujas del reloj. Pero este año, es diferente. Es algo más.
 Nunca antes había caído en la casualidad, en la inminente pérdida de sentido de cumplir años. Pero este año, coincidimos. Leeremos los mismos libros, incluso sé que escucharé las mismas campanadas que ellos han estado escuchando, día tras día, noche tras noche. Veintidós años me abalan. Y ahora no sé si reír ante la coincidencia o llorar, porque seguramente sea una de las últimas veces que ella cumpla, y yo siga adelante. Pero lo he escuchado. Las campanadas de mi reloj interno y las vuestras se han acompasado, y ya es imposible pararlo. Mientras, febrero languidece, pasando rápido con flujo denso de sangre en las venas. Febrero enloquece, y se pinta los labios mientras ella sigue pasando las páginas de la novela victoriana.
El reloj continúa, a veces lento, a veces rápido. A veces da ochenta y ocho, a veces veintidós. 
Y pocas veces, como este año, las agujas permanecen quitas, titilando. Tiritando.
[Eisenheim.]

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